TERCERA PARTE

La pena de silencio, la delataba frente a las demás monjas, todas la miraban con sorpresa, las noticas corrían rápido, y su penitencia, si bien gravosa por un lado, hacia más fácil su estancia, evitaba que nadie le preguntara y tener que dar ninguna explicación.

Al cabo de unos días, a medianoche, vio como se abría la puerta de su celda y entraba la hermana portera, junto con la superiora. Le dijeron que se vistiera y les acompañara. Salieron las tres y se dirigieron hacia el cuarto donde se planchaba y se guardaba la ropa.

A medio camino, la superiora las dejó después de indicarle que siguiera las instrucciones de Tomasa, la portera.

Entraron en la habitación y cerraron la puerta con llave por dentro.
-Siéntate aquí, en el borde.

Era una especie de camilla pequeña, y no muy alta, se sentó sin dificultad en uno de los extremos. Tomasa le indicó que se tumbara hacia atrás, y que cogiera con las manos una especie de barandilla que había junto a su cabeza. Quedó así, con las piernas colgando en uno de los extremos.

Tomasa entonces, dirigió la camilla hacia un hueco que había en la pared tapado por una cortina. La parte superior de su cuerpo quedó en la sala de plancha, mientras la inferior quedaba introducida en aquel hueco.

Notó en seguida que alguien, al otro lado de la pared, le levantaba el hábito y le bajaba la braga. Unos dedos ávidos la manosearon, y un pene se apostó contra su vagina y la penetró. Fue un coito duro, rápido y doloroso. Tuvo que agarrarse con fuerza a la cabecera de la camilla y apretar los dientes para no llorar, pese a eso, los ojos se le inundaron de lágrimas. No consiguió placer y si dolor y frustración. Ella era virgen, o lo había sido hasta hacia unos momentos, y si aquello era hacer el amor, no lo cambiaba por sus prácticas nocturnas.

La misma persona que al otro lado de la cortina, la había penetrado, empujó de nuevo la camilla hacia adentro, indicando el fin de la sesión. La hermana Tomasa, la acompañó de nuevo a su celda.

No pudo volver a conciliar el sueño, se sentía humillada, utilizada, triste y sobre todo confusa. Suponía que en la habitación contigua al cuarto de plancha había un cura o algún seminarista, y no entendía el por qué de aquella práctica. No sabía si era una actuación para ayudarla a ella o si se hacía para ayudar a otros. Lo que estaba claro es que a ella solo le había traído tristeza.

El contacto con la calle, por la mañana, la animó de nuevo, sus ancianos, sus enfermos eran la razón última de su vida, donde se sentía realmente útil y necesaria, y donde encontraba comprensión y amor.
Era especialmente emotiva la visita que hacía cada día a una anciana, que según le contaba, había sido prostituta. Con ella, solía hablar de muchas cosas mientras le curaba las llagas de las piernas que la mantenían sin poderse desplazar. Era una mujer lista e inteligente, que acostumbraba a mirársela a los ojos, y decirle: “Tu en esa vida, vas a sufrir mucho, salvo que seas capaz de cogerla por los cuernos”.

Eso de coger la vida por los cuernos le hacía gracia, porque ella, relacionaba cuernos con Satanás, y si la vida era eso, prefería el convento. En vano le pedía explicaciones a la anciana acerca de “como” se hacía eso, ella reía con su boca desdentada y le decía que ya lo descubriría por ella misma.

Después de curarla, le hacia los recados que le pedía, normalmente a la tienda a comprar comida, y una vez al mes, al banco a cobrar la pensión de la anciana. Y cada vez que se iba, le repetía la vieja la misma oferta: Yo soy pobre, pero la casa es mía, y aun me queda dar mucha guerra.